jueves, 11 de diciembre de 2014

LA MUJER Y EL CAMINO DE LA CONCIENCIA

La mujer cuando comienza a transitar el camino de la conciencia, empieza a traer a la luz lo que yacía en sombra. Comienza a mirar a los ojos lo temido, condicionamientos, creencias, lealtades ancestrales, y tantas cosas más. Al hacer esto, tiene dos caminos. Uno la invita a observarse, sentirse, escucharse, habitarse. El otro, el taparse los ojos, pasar por alto la escucha interna, su percepción y demás. Cuando elije el camino de la conciencia, mayormente se vuelve una mujer "temida". Se la ve empoderada, brillante, inalcanzable. Algunos la idealizan, otros no la comprenden ya que parece hablar una lengua de otro mundo. Y ella, que yacía en la sombra, sigue el camino hacía la luz. Comienza a sentirse, a respetarse, a darse cuenta que tal vez muchas convicciones que sostenía como propias, solo eran repeticiones de los discursos de otros... Vaya a a saber si de sus ancentr@s o de algún novela berreta que miraba a sus 10 años. Ella ya no busca hombres que la idealicen, ni la llenen de joyas, ni que le digan todo que si, ni se obsesionen con tenerla. Ella ha descubierto que no es un objeto, ni un árbol de navidad que tienen que estar adornando. Ella busca ser acompañada, acariciada con dulzura y no pegoteada por los vampiros que se alimentan de su belleza. Y cuando hablo de belleza, hablo de todo lo que esta palabra abarca. Recuerda la voz de un señor que una vez le dijo, si te teme NO es un HOMBRE en mayúscula y con todas las letras. Estas palabras se han calado profundo en sus huesos, buscando en la mirada de cada hombre que se cruza en su transitar, esa mirada llena de convicción y determinación. Tiene aún recuerdos de haber optado aquel otro camino, en el cual encontraba miradas temerosas, otras llenas de codicia, dolor... Todas ellas le recuerdan que eran reflejos de todo lo que aún no reconocía como propio. También recuerda esa creencia del príncipe azul que la rescataría de su castillo y la llevaría al suyo. Y al venirse este recuerdo se sonríe, habitando la felicidad de saber que descubrió que ese castillo era su templo interno, el cual solo era una proyección de las creencias que el sistema le había intentando meter en su dulce corazón. Gracias a la rebeldía, que aún la habita, pudo darse cuenta que nadie externo la salvaría, que ella misma siempre fue su propia salvación.

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